—El chocolate está muy rico.
Yo también sonreí.
No era una gran reconciliación ni una solución mágica.
Era un desayuno tranquilo, una conversación sincera y una hija que empezaba a comprender que podía hablar sin miedo.
Y, en aquel momento, eso significaba más para mí que cualquier otra cosa.
La última lección de Mariana
Un año después de aquella noche, Valeria y yo visitamos la tumba de Mariana.
Llevamos flores blancas y nos sentamos juntos en un banco cercano.
Mi hija había cumplido diecisiete años.
La misma edad que tenía cuando todo comenzó a cambiar.
—Mamá habría estado orgullosa de ti —le dije.
Valeria acarició los pétalos de una flor.
—¿Crees que ella habría querido que te casaras otra vez?
Sonreí tristemente.