Un domingo por la mañana, varios meses después, preparé el desayuno.
Puse huevos, fruta, pan tostado y chocolate caliente sobre la mesa.
Valeria apareció en la cocina con el cabello despeinado y una sonrisa pequeña.
Se sentó frente a mí.
Después miró las cuatro sillas vacías.
—Papá, ¿puedo preguntarte algo?
—Lo que quieras.
—¿Por qué nunca te diste cuenta antes?
Dejé el tenedor sobre el plato.
No intenté justificarme.
—Porque confié demasiado en una persona y no hice suficientes preguntas. Porque estaba tan ocupado trabajando que pensé que pagar las cuentas era suficiente para protegerte. Y porque no escuché las señales cuando intentabas hablar conmigo.
Valeria bajó la mirada.
—No quería hacerte sufrir.
Le
tomé la mano.
—No era tu responsabilidad protegerme de la verdad. Era mi responsabilidad asegurarme de que estuvieras bien.
Permanecimos en silencio durante unos segundos.
Después ella sonrió.