PARTE 2: Regresé a casa antes de tiempo y descubrí cómo mi esposa trataba a mi hija… Lo que hice después cambió nuestras vidas para siempre —¿Te dijeron que lavaras toda la ropa antes de que regresaran? —pregunté, intentando mantener la calma. Valeria asintió sin mirarme. —Sí, papá. Me acerqué a la tina. Había varias prendas amontonadas, algunas cubiertas de manchas que difícilmente desaparecerían con agua fría. A un lado encontré una botella de detergente casi vacía y un cepillo de cerdas duras. Miré la lavadora. Estaba apagada. —¿Por qué no usas la máquina? Mi hija bajó la cabeza. —Verónica dijo que gastaba demasiada electricidad. También dijo que, si la ropa no quedaba limpia, tendría que volver a empezar. Sentí una presión en el pecho. —¿Y llevas mucho tiempo aquí? —Desde después de cenar. Miré el reloj otra vez. Eran las once y diez. Mi hija llevaba horas arrodillada sobre

el suelo frío, lavando ropa mientras su madrastra disfrutaba de unas vacaciones en Cancún.

Me quité la chamarra y la coloqué sobre sus hombros.

—Ven conmigo. Vamos a la cocina.

—Pero todavía no termino.

 

—Valeria, mírame.

Le levanté suavemente el rostro.

—No tienes que terminar nada esta noche. Eres mi hija, no la sirvienta de nadie.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Pero no se movió.

—Si no termino, Verónica se va a enojar.

Aquella frase me dolió más que cualquier otra cosa.

No dijo que su madrastra se molestaría.

 

Dijo que tenía miedo de su reacción.

Y, por la manera en que apretaba los labios, comprendí que aquello no era la primera vez.

—¿Qué hace cuando se enoja contigo? —pregunté.

Valeria negó con la cabeza.

—Nada, papá.

—Mi amor, no voy a castigarte por contarme la verdad.

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