el suelo frío, lavando ropa mientras su madrastra disfrutaba de unas vacaciones en Cancún.
Me quité la chamarra y la coloqué sobre sus hombros.
—Ven conmigo. Vamos a la cocina.
—Pero todavía no termino.
—Valeria, mírame.
Le levanté suavemente el rostro.
—No tienes que terminar nada esta noche. Eres mi hija, no la sirvienta de nadie.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero no se movió.
—Si no termino, Verónica se va a enojar.
Aquella frase me dolió más que cualquier otra cosa.
No dijo que su madrastra se molestaría.
Dijo que tenía miedo de su reacción.
Y, por la manera en que apretaba los labios, comprendí que aquello no era la primera vez.
—¿Qué hace cuando se enoja contigo? —pregunté.
Valeria negó con la cabeza.
—Nada, papá.
—Mi amor, no voy a castigarte por contarme la verdad.