Mariana.
Mi primera esposa.
Mi hija todavía guardaba fotografías suyas en un pequeño álbum.
—¿Te comparaba con tu madre?
Valeria asintió.
—Decía que tú solo me querías porque le habías prometido a mamá que me cuidarías. Que, si ella no hubiera muerto, tú nunca te habrías casado con Verónica.
Me quedé sin palabras.
Mi hija comenzó a llorar.
—Yo intentaba portarme bien, papá. Hacía mis tareas, limpiaba la cocina y lavaba la ropa. Pensaba que, si ayudaba más, algún día dejaría de estar enfadada conmigo.
La abracé.
—No tenías que hacer nada para merecer amor, Valeria.
—Pero ella decía que yo era una carga.
—Ella estaba equivocada.
Valeria se aferró a
mi camisa.
—No quería contártelo porque siempre estabas trabajando. Cada vez que te llamaba, Verónica se quedaba a mi lado. Después me preguntaba qué te había dicho y se enfadaba si pensaba que le había contado algo malo.