Cerré los ojos.
Por fin comprendía por qué nuestras conversaciones habían sido tan breves.
No era que mi hija hubiera dejado de necesitarme.
Era que tenía miedo de hablar.
Cuando levanté la cabeza, Verónica estaba de pie junto a la puerta.
—Esto es ridículo —dijo—. Está exagerando. Solo le pedí que colaborara en la casa.
La miré.
—Colaborar no significa humillar. Educar no significa asustar. Y ser madrastra no te da derecho a hacerle creer a una niña que no pertenece a su propia familia.
Verónica negó con la cabeza.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Destruir nuestro matrimonio por una adolescente que está pasando por una etapa complicada?
Miré a Valeria.
Después
volví a mirar a mi esposa.
—No. Nuestro matrimonio empezó a destruirse cuando decidiste que mi hija era menos importante que tu comodidad.
La decisión que nunca pensé que tendría que tomar
Le pedí a Verónica que preparara una maleta y pasara unos días fuera de casa mientras resolvíamos la situación.