Mateo tomó la cuchara con ambas manos y empezó a comer con desesperación.
—Qué rico, abuela. Hace mucho que no como comida caliente.
Me dolió escucharlo.
—¿Tu mamá ya no cocina?
—Cuando trabajan me dejan doscientos pesos.
—¿Cuándo pasa eso?
Mateo lo dijo con absoluta naturalidad:
—Los martes y los viernes. Yo les digo “los días de los doscientos”.
Abrí la plataforma escolar.
Había observaciones de su maestra: miércoles, Mateo se quedó dormido durante la clase. Sábado anterior a un festival, llegó con hambre. Varios viernes había pedido doble porción en el comedor.
No era una noche de irresponsabilidad.
Era una rutina.
Entonces encontré entre sus papeles una carpeta del banco con el nombre de Mateo.
Yo había abierto aquella cuenta cuando nació. Cada cumpleaños depositaba dinero para sus estudios.
Revisé el último estado de cuenta.
Saldo disponible: 83 pesos.
Durante años habían retirado miles y miles.