“Abuela, por favor no me hagas volver…” Mi nieto de 7 años lloraba después de llegar solo a mi puerta con casi 40 grados de fiebre. Su padre estaba con otra mujer y su madre también había desaparecido esa noche. Yo no los enfrenté de inmediato: cambié la cerradura, llamé a una abogada y puse sobre la mesa los estados de cuenta… porque faltaban más de 200,000 pesos del dinero del niño.

Mateo tomó la cuchara con ambas manos y empezó a comer con desesperación.

—Qué rico, abuela. Hace mucho que no como comida caliente.

Me dolió escucharlo.

—¿Tu mamá ya no cocina?

—Cuando trabajan me dejan doscientos pesos.

—¿Cuándo pasa eso?

Mateo lo dijo con absoluta naturalidad:

—Los martes y los viernes. Yo les digo “los días de los doscientos”.

Abrí la plataforma escolar.

Había observaciones de su maestra: miércoles, Mateo se quedó dormido durante la clase. Sábado anterior a un festival, llegó con hambre. Varios viernes había pedido doble porción en el comedor.

No era una noche de irresponsabilidad.

Era una rutina.

Entonces encontré entre sus papeles una carpeta del banco con el nombre de Mateo.

Yo había abierto aquella cuenta cuando nació. Cada cumpleaños depositaba dinero para sus estudios.

Revisé el último estado de cuenta.

Saldo disponible: 83 pesos.

Durante años habían retirado miles y miles.

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