PARTE 1
—Abuela, ayúdame… tengo mucho frío.
A las dos de la madrugada, en plena tormenta, abrí la puerta de mi casa en Coyoacán y encontré a mi nieto Mateo, de siete años, parado bajo la lluvia con la pijama pegada al cuerpo. Estaba descalzo, temblaba y tenía la cara encendida por la fiebre.
—¿Mateo? ¡Dios mío! ¿Dónde están tus papás?
Lo cargué como pude. Cuando puse mi mano sobre su frente, sentí que ardía.
—Mamá dijo que papá estaba contigo… y papá dijo que mamá estaba contigo. Pensé que los dos estaban aquí.
Sentí un vacío en el estómago.
Mi hijo Alejandro y su esposa Daniela vivían a casi veinte minutos caminando. Aquel niño había recorrido solo varias calles oscuras, con casi cuarenta grados de fiebre, porque creyó que sus padres estaban en mi casa.