La primera era de Alejandro:
“Mateo: papá trabajará hasta tarde con tu abuela. Mamá regresa en la noche. No abras la puerta.”
La segunda, escrita por Daniela:
“Mi amor: voy a ayudar a tu abuela y dormiré allá. Tu papá regresa después. Te dejo $200 para que compres algo.”
Me senté.
Cada uno había supuesto que el otro volvería.
Ninguno comprobó nada.
Mateo había leído ambas notas y había llegado a la conclusión más inocente posible: sus padres estaban juntos en casa de la abuela.
Fotografié todo.
Entré en su habitación. Su pijama estaba pequeña, sus tenis gastados y varios cuadernos escolares seguían dentro de la mochila.
Guardé ropa, libros, juguetes y sus documentos en dos bolsas. No sabía todavía qué podría hacer legalmente, pero sabía una cosa: esa noche Mateo no regresaría allí.
Cuando volví a casa preparé caldo de pollo.