Miré a Mateo, acurrucado bajo mis cobijas.
—Mamá me dijo que papá trabajaría contigo —murmuró medio dormido—. Y papá dijo que mamá te ayudaría esta noche. Como los dos estaban contigo… vine.
Entonces lo entendí.
No habían salido juntos.
Cada uno estaba engañando al otro.
Y ambos me habían usado como coartada.
Tomé capturas de las ubicaciones y esperé hasta que la fiebre de Mateo bajó. Al amanecer llamé a mi vecina Lupita, amiga mía desde hacía treinta años, para que lo cuidara una hora.
Con la llave de emergencia que Alejandro me había entregado años atrás, fui a su departamento.
Lo que encontré me revolvió el estómago.
La calefacción estaba apagada. El refrigerador contenía cerveza, refrescos y dos envases viejos de comida. En el comedor había dos billetes de doscientos pesos y dos notas.