“Abuela, por favor no me hagas volver…” Mi nieto de 7 años lloraba después de llegar solo a mi puerta con casi 40 grados de fiebre. Su padre estaba con otra mujer y su madre también había desaparecido esa noche. Yo no los enfrenté de inmediato: cambié la cerradura, llamé a una abogada y puse sobre la mesa los estados de cuenta… porque faltaban más de 200,000 pesos del dinero del niño.

Miré a Mateo, acurrucado bajo mis cobijas.

—Mamá me dijo que papá trabajaría contigo —murmuró medio dormido—. Y papá dijo que mamá te ayudaría esta noche. Como los dos estaban contigo… vine.

Entonces lo entendí.

No habían salido juntos.

Cada uno estaba engañando al otro.

Y ambos me habían usado como coartada.

Tomé capturas de las ubicaciones y esperé hasta que la fiebre de Mateo bajó. Al amanecer llamé a mi vecina Lupita, amiga mía desde hacía treinta años, para que lo cuidara una hora.

Con la llave de emergencia que Alejandro me había entregado años atrás, fui a su departamento.

Lo que encontré me revolvió el estómago.

La calefacción estaba apagada. El refrigerador contenía cerveza, refrescos y dos envases viejos de comida. En el comedor había dos billetes de doscientos pesos y dos notas.

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