El anciano sonrió, acarició su tronco con la mano y respondió:
—Porque conoce cosas de mi familia que ningún ser humano conoce. Vio a mi padre cuando era joven, me vio a mí cuando era niño y fue testigo de mis alegrías y mis tristezas. No habla, pero guarda nuestras historias entre sus raíces.
El niño se rio y dijo:
—¡Pero los árboles no hablan!
Manuel lo miró y respondió:
—Quizá tus oídos no puedan escucharlos, pero tu corazón los comprenderá cuando seas mayor.
Una tranquila mañana de otoño, Manuel falleció después de una larga vida entre sus árboles.
Los habitantes del pueblo lo enterraron cerca de su finca. Su hijo colocó una pequeña piedra sobre su tumba, en la que mandó grabar estas palabras:
«Aquí descansa un hombre que no poseía grandes riquezas, pero dejó raíces que ni siquiera el paso de los años podrá arrancar».