El viejo olivo permaneció en su lugar y Javier continuó cuidándolo, tal como lo habían hecho su padre y su abuelo.
Cada vez que un niño pequeño pasaba junto al árbol, Javier le decía:
«Este no es simplemente un olivo, es la memoria de tres generaciones».
Desde aquel día, nadie volvió a reírse en Santa Lucía al ver a un agricultor hablando con sus árboles.