—Padre, ¿por qué nunca vendiste la finca? Podrías haber vivido cómodamente sin necesidad de trabajar.
Manuel miró hacia el horizonte, donde los rayos dorados del sol se filtraban entre las ramas de los olivos, y respondió:
—Porque esta tierra nunca me perteneció solamente a mí. Yo solo la cuido hasta que llegue la siguiente generación.
Javier sonrió y finalmente comprendió lo que su padre había intentado enseñarle durante todos aquellos años.
Un año después, ambos abrieron las puertas de la finca a los visitantes y comenzaron a recibir a los niños del pueblo para enseñarles agricultura y contarles las historias de los antiguos olivos.
Mientras tanto, Manuel seguía sentado cada tarde en su viejo banco de madera, bajo el enorme olivo.