El pequeño desconocido seguía sentado cerca, mirándolo trabajar.
Aurelio empezó a hablarle mientras cosía.
Le explicaba las puntadas, como su padre había hecho con él.
Pero una mañana entró un soldado.
Llevaba una bota despegada y quería repararla en el momento. Mientras Aurelio trabajaba, comentó que su grupo buscaba algo extraño en el cerro.
También preguntaban por un niño desconocido.
El zapatero cubrió discretamente la horma de cuatro dedos con un trapo.
El soldado vio las piezas de cuero.
—¿Para quién son esos zapatos tan pequeños?
Detrás de la cortina, a solo unos pasos, algo se movió.
El soldado levantó la mirada hacia el fondo del taller.
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Aurelio dejó el martillo sobre la mesa antes de que el temblor de sus manos lo hiciera caer.
—Para mi hija —respondió—. Los necesita para la escuela.
El soldado miró nuevamente el cuero.
Comentó que parecían suaves y volvió a observar su propia bota.
Aurelio terminó la reparación procurando no apresurarse. Cada sonido del fondo le parecía demasiado fuerte, aunque quizá solo era el crujido de los costales.
El muchacho pagó, se puso de pie y salió.
El zapatero esperó hasta dejar de escuchar sus pasos.
Después apartó la cortina.
El visitante estaba contra la pared, erguido, con los brazos junto al cuerpo. Tenía los ojos fijos en él.
Hasta entonces, Aurelio había visto cansancio y una quietud que no sabía interpretar.
Ahora reconoció el miedo.
No podía asegurar cuánto había comprendido de la conversación. Pero aquella postura le hizo sentir que el desconocido dependía de su decisión.
Aurelio se agachó para quedar a su altura.
—Ya se fue —dijo suavemente.
El visitante tardó en volver a sentarse.
Aquella noche, el zapatero trabajó sin descanso.
Cosió las piezas con hilo encerado y reforzó los puntos que soportarían más esfuerzo. Mientras lo hacía, siguió explicando cada paso.
No esperaba una respuesta.
Hablar le ayudaba a conservar la calma y a convertir aquella situación extraña en algo que conocía: un encargo difícil que debía quedar bien hecho.
En algún momento repitió la enseñanza de su padre.
Un zapato debía permitir que su dueño llegara adonde necesitaba ir.
El visitante lo observó.
Aurelio nunca supo si había entendido las palabras.
La noche siguiente, Rosa se despertó con el golpeteo del taller.
Tenía seis años.
Cruzó el patio y se asomó por una abertura de la puerta. Vio a su padre inclinado bajo la luz del mechero y, al fondo, a alguien pequeño sentado sobre unos costales.
No sintió miedo.
Le molestó un poco que su padre permitiera a otro niño quedarse allí cuando ella siempre tenía que volver a la cama.
A la mañana siguiente se lo contó a Mercedes.
Su madre pensó que había soñado.
Rosa aceptó aquella explicación y el recuerdo quedó guardado entre las imágenes confusas de la infancia.
Aurelio no supo que su hija había mirado.
Seguía concentrado en los zapatos.
Durante una pausa dejó una aguja y un recorte de cuero junto al visitante. Este los tomó y comenzó a trabajar.Cuando el zapatero se acercó, encontró una hilera de puntadas dobles.
Se parecían a las suyas.
El desconocido había observado la maniobra unas pocas veces y ahora la repetía con una precisión que lo dejó sin palabras.
Aurelio examinó el retazo y después lo miró.
El visitante permaneció quieto, con la aguja entre sus dedos largos.
El zapatero sonrió.
Al llegar a las suelas, eligió varias capas finas para dar protección sin volver rígido el calzado. Las trabajó hasta que pudieron doblarse con facilidad.
Antes de unirlas al resto, buscó el viejo clavo de don Manuel.
Un golpe de martillo dejó el pequeño triángulo en cada tacón.
Cuando terminó, se arrodilló frente a su huésped y le puso los zapatos.
Ajustó los cordones.
Después le ofreció ambas manos.
Los primeros pasos fueron inseguros. El visitante abría los brazos y cambiaba el peso de un pie al otro, desconcertado por aquella nueva sensación.
Aurelio lo acompañó hasta la pared y de regreso.
Luego lo soltó.
El desconocido recorrió el taller lentamente. Se detenía para mirarse los pies y volvía a empezar.
Cada vez caminaba con mayor firmeza.
El zapatero permaneció en su banco, observándolo.
Había pasado varias noches preguntándose qué podía hacer por él. Ahora veía una respuesta concreta: ya no tenía que apoyar la piel directamente sobre el suelo.
Más tarde, el visitante se acercó a la puerta y apoyó una mano sobre la madera.
Aurelio comprendió que deseaba salir.
No intentó detenerlo.
Tampoco sabía cómo preguntarle adónde quería ir.
El pequeño regresó junto al banco, miró sus zapatos y después las manos del hombre que los había fabricado.
Permaneció así un buen rato.
Para Aurelio, aquella mirada fue suficiente.
El cansancio terminó por vencerlo.
Se quedó dormido sentado, con la espalda contra la pared.
Cuando despertó, la puerta estaba
abierta.
El visitante ya no estaba.
Sobre la mesa encontró el papel con los contornos, doblado cuidadosamente. Encima descansaba el lápiz, alineado con el borde.
Salió a la calle.
La escarcha conservaba pequeñas huellas de suela.
En cada tacón se distinguía el triángulo.
Aurelio se puso el poncho y las siguió.
Atravesaban el pueblo, pasaban junto al cementerio y tomaban el camino que subía hacia el páramo.
Las marcas rodeaban las piedras en vez de pasar sobre ellas.
El zapatero se detuvo al advertirlo.
Durante aquellas noches había señalado con las manos cómo buscar terreno más cómodo. No sabía cuánto de sus explicaciones había sido comprendido.
Ahora veía pasos que parecían elegir dónde apoyarse.
Continuó hasta un espacio abierto entre los pajonales.
Allí las huellas terminaban.
Las últimas estaban juntas, como si su dueño se hubiera detenido a esperar.
Alrededor había una zona sin escarcha. Aurelio tocó la hierba y
la encontró menos fría que el suelo cercano.
Miró hacia el cerro.
Después buscó otros rastros.
No encontró ninguno.
Permaneció allí hasta que salió el sol. Cuando el hielo empezó a desaparecer del resto del terreno, dejó de distinguirse aquella diferencia.
Entonces bajó y abrió el taller.
No contó lo sucedido.
Los soldados continuaron haciendo preguntas durante un tiempo. Aurelio pensaba en la bota que había reparado y en su explicación sobre los zapatos de Rosa.
También temía que el relato cambiara la manera en que el pueblo lo miraba.
Vivía de la confianza de sus clientes. No sabía cómo reaccionarían si afirmaba haber escondido a un ser que él mismo no podía describir con certeza.
Guardó el papel en un cajón de la mesa.
Le puso cerradura y se colgó la llave del cuello con un cordón de cuero.
Su familia se acostumbró a verla allí.
La vida siguió.