Hubo encargos, reparaciones, temporadas difíciles y niños que crecieron.
Solo apareció una costumbre nueva: cada año, en la misma noche de agosto, Aurelio dejaba la puerta del taller sin asegurar y el mechero encendido.
Mercedes protestaba.
Él escuchaba y, al año siguiente, volvía a hacerlo.
Nunca explicaba a quién esperaba.
Con el tiempo, Mercedes falleció. Más adelante, Rosa regresó a vivir con su padre, acompañada de su hijo pequeño.
Por eso estaba allí la mañana en que Aurelio no apareció a desayunar.
Fue a llevarle café.
Lo encontró de pie junto a la mesa, sosteniendo algo entre las manos.
Lloraba.
Rosa no recordaba haberlo visto llorar de aquella manera.
Cuando él reparó en su presencia, se secó el rostro y guardó rápidamente lo que tenía.
—Son unos zapatos antiguos —explicó.
Ella dejó el café y no insistió.
Muchos años después sabría lo que había ocurrido.
La noche anterior, Aurelio había
repetido su costumbre.
Al entrar por la mañana encontró el mechero apagado.
Sobre la mesa estaban los zapatos que había fabricado para aquel visitante.
Los reconoció antes de tomarlos.
El cuero estaba pulido por el uso. Los cordones habían cambiado de forma y las suelas mostraban un desgaste profundo en la parte delantera.
Todavía podía distinguir el triángulo de su padre.
Lo que más le impresionó fue comprobar que las costuras seguían enteras.
Había imaginado muchas veces si aquellos zapatos servirían.
Ahora tenía en las manos un par que había acompañado innumerables pasos.
Debajo encontró otra hoja de su propio papel de envolver.
Había dos contornos.
Eran semejantes a los primeros, pero mucho más pequeños.
Cuatro dedos.
Trece centímetros de largo.
El lápiz estaba colocado al lado.
Aurelio examinó el dibujo. La línea tenía interrupciones y pequeños trazos superpuestos, como si quien lo había hecho recordara el procedimiento, pero no tuviera práctica.
No había una carta.
No hacía falta.
El zapatero buscó su cinta y volvió a medir.
Aquella semana viajó a Riobamba para comprar el cuero más suave que pudo conseguir.
Rosa lo escuchó trabajar por las noches.
Cuando preguntó para quién eran unos zapatos tan pequeños, él respondió:
—Para alguien que tiene un camino largo por delante.
Talló una nueva horma.
Preparó las piezas, repitió las puntadas dobles y trabajó las suelas con el mismo cuidado.
Al terminar, marcó los tacones.
Dejó el par junto al mechero y mantuvo la puerta sin tranca.
A la mañana siguiente ya no estaba.
En la escarcha aparecieron otras huellas pequeñas.
También llevaban el triángulo.
Avanzaban hacia el cerro, aunque en algunos tramos se interrumpían y reaparecían más adelante.
Aurelio pensó que alguien había cargado al pequeño caminante durante parte del trayecto.
No podía saberlo.
Esta vez no siguió las marcas.
Guardó los zapatos antiguos junto a las dos hojas de papel y cerró el cajón.
Continuó dejando la puerta abierta aquella noche de agosto mientras tuvo fuerzas para bajar al taller.
Nadie volvió a llevarle un encargo semejante.
Al final de su vida llamó a Rosa a su habitación.
Se quitó la llave y la puso en su mano.
Le pidió que abriera el cajón y llevara todo lo que encontrara.
Rosa regresó con el par gastado y los dos dibujos.
Los extendió sobre la manta.
Entonces su padre comenzó a contarle.
Habló de la acequia, del poncho y de las cinco noches. Del soldado, de las herramientas ordenadas y de las puntadas que alguien había aprendido mirando.
Después explicó el regreso de los zapatos.
Rosa lo escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, recordó una puerta entreabierta, el ruido del martillo y una figura sentada al fondo del taller.
—Yo también lo vi, papá.
Aurelio levantó la cabeza.
Ella le contó lo que había tomado por un sueño durante tantos años.
Su padre le sostuvo la mano.
Primero sonrió.
Después volvió a emocionarse.
No era una prueba que resolviera cada pregunta, pero ya no tenía que cargar solo con aquel recuerdo.
Tras su despedida, Rosa conservó los objetos.
Intentó encontrar explicaciones.
Pensó que quizá su padre había ayudado a un niño con una anatomía poco habitual y que, con los años, algunos detalles habían adquirido otra forma en su memoria.
Tal vez aquel niño había regresado de adulto para pedir zapatos para un hijo.
Era una posibilidad que no quería descartar.
También llevó el par antiguo a otro zapatero.
El hombre examinó el desgaste y señaló los cuatro puntos de presión de la parte delantera, el poco uso del talón y el aspecto del interior.
Le parecieron inusuales.
Su opinión no identificaba a quien los había llevado ni permitía reconstruir todo su recorrido.
Los zapatos conservaban señales de uso.
No conservaban una explicación.
Rosa aceptó que quizá nunca la tendría.
Su padre tampoco había sabido de dónde venía el visitante. No conocía su nombre ni quién necesitó el segundo par.
Lo que sí había comprendido era por qué había llorado aquella mañana.
Durante veinticinco años se había preguntado si el pequeño huésped habría conseguido llegar a algún lugar.
Las huellas que terminaban en el páramo lo habían dejado sin respuesta.
Los zapatos gastados le ofrecieron una distinta de la que esperaba.
Habían servido.
Y alguien recordaba dónde pedir ayuda.
Ahora Rosa guarda la llave con el mismo cordón de cuero.
Las dos hojas permanecen junto al par antiguo, protegidas dentro del cajón.
Cuando piensa en aquella historia, no intenta imaginar máquinas en el cielo ni descubrir qué buscaban los soldados.
Recuerda a su padre eligiendo el mejor material del taller para alguien que no podía pagarle ni explicar quién era.
Y una noche de agosto, antes de acostarse, todavía se acerca a la puerta.
Comprueba que el paso esté despejado.
Luego deja una luz encendida.