cuando distinguió una figura sentada junto al agua.
Al principio pensó que era un niño perdido.
Se acercó despacio.
La figura tenía la cabeza grande, la piel grisácea y unos ojos oscuros que lo siguieron sin parpadear. Su cuerpo era pequeño y permanecía encogido sobre una piedra.
Aurelio miró hacia los lados, buscando a una familia.
No había nadie.
Entonces el desconocido levantó un pie.
El zapatero se arrodilló.
Era largo y estrecho, con cuatro dedos y un talón apenas formado. La planta mostraba señales de haber caminado demasiado sobre piedras y tierra áspera.
Aurelio no supo qué tenía delante.
Sí supo que no podía dejarlo allí.
Lo envolvió en su poncho y lo llevó al taller. Pesaba sorprendentemente poco. Durante el trayecto sintió una respiración breve contra su cuello.
Lo acomodó detrás de una cortina de costales, donde guardaba los rollos de cuero.
Después preparó agua y limpió concuidado aquellos pies lastimados.
El visitante observaba sus manos.
Aurelio extendió papel sobre el suelo, apoyó uno de los pies y trazó su contorno con el lápiz de carpintero.
Hizo lo mismo con el otro.
Donde solía escribir el nombre del cliente, dibujó una interrogación.
Los pies medían diecinueve centímetros.
Ninguna horma del taller servía para ellos.
Aquella primera noche talló una nueva en un trozo de aliso, siguiendo el dibujo dedo por dedo.
Al amanecer, Mercedes apareció con café.
Aurelio salió a recibirla y dijo que tenía un encargo urgente. No encontró valor para explicarle lo que escondía detrás de la cortina.
Durante el día atendió a sus clientes y llevó agua al visitante. El pan que le ofreció quedó intacto.
La noche siguiente utilizó el cuero más suave que tenía.
Cuando se quedó dormido sobre la mesa, dejó las herramientas dispersas. Al despertar las encontró alineadas por tamaño.
Al principio pensó que era un niño perdido.
Se acercó despacio.
La figura tenía la cabeza grande, la piel grisácea y unos ojos oscuros que lo siguieron sin parpadear. Su cuerpo era pequeño y permanecía encogido sobre una piedra.
Aurelio miró hacia los lados, buscando a una familia.
No había nadie.
Entonces el desconocido levantó un pie.
El zapatero se arrodilló.
Era largo y estrecho, con cuatro dedos y un talón apenas formado. La planta mostraba señales de haber caminado demasiado sobre piedras y tierra áspera.
Aurelio no supo qué tenía delante.
Sí supo que no podía dejarlo allí.
Lo envolvió en su poncho y lo llevó al taller. Pesaba sorprendentemente poco. Durante el trayecto sintió una respiración breve contra su cuello.
Lo acomodó detrás de una cortina de costales, donde guardaba los rollos de cuero.
Después preparó agua y limpió concuidado aquellos pies lastimados.
El visitante observaba sus manos.
Aurelio extendió papel sobre el suelo, apoyó uno de los pies y trazó su contorno con el lápiz de carpintero.
Hizo lo mismo con el otro.
Donde solía escribir el nombre del cliente, dibujó una interrogación.
Los pies medían diecinueve centímetros.
Ninguna horma del taller servía para ellos.
Aquella primera noche talló una nueva en un trozo de aliso, siguiendo el dibujo dedo por dedo.
Al amanecer, Mercedes apareció con café.
Aurelio salió a recibirla y dijo que tenía un encargo urgente. No encontró valor para explicarle lo que escondía detrás de la cortina.
Durante el día atendió a sus clientes y llevó agua al visitante. El pan que le ofreció quedó intacto.
La noche siguiente utilizó el cuero más suave que tenía.
Cuando se quedó dormido sobre la mesa, dejó las herramientas dispersas. Al despertar las encontró alineadas por tamaño.
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