—¡Yo nunca la he maltratado!
Entonces apareció Valeria en la escalera.
Llevaba una sudadera gris y tenía los ojos enrojecidos.
Verónica la vio y cambió inmediatamente de expresión.
—Valeria, cariño, ven aquí. Explícale a tu padre que todo esto es un malentendido.
Mi hija retrocedió un paso.
Ese pequeño movimiento me dijo más que cualquier explicación.
—Valeria —dije suavemente—, no tienes que decir nada que no quieras decir. Pero nadie va a castigarte por contarme lo que ha ocurrido.
Verónica la miró fijamente.
—Piensa bien lo que vas a decir.
—¡Basta! —intervine.
Mi voz resonó
en la sala.
Verónica se quedó inmóvil.
Era la primera vez que le hablaba así delante de mi hija.
Valeria respiró profundamente.
Después bajó lentamente las escaleras.
—Papá, quiero contártelo.
La verdad que mi hija llevaba meses guardando
Valeria se sentó a mi lado.