Abrió los ojos.
Estaban cansados, pero lúcidos.
Los fijó en mi rostro, como si hubiera estado esperando ese último instante en el que yo dejara de mirar hacia la puerta.
Tras la mascarilla de oxígeno, sus labios pálidos se movieron.
No salió ningún sonido.
Después de veinte años, la entendí de todos modos.
Ya no llores.
Es el momento.
Su otra mano se movió