Le grité a mi perro por destrozar el sillón que heredé de mi papá. Cuando levanté la tela rota, descubrí lo que llevaba semanas escondido junto a mí y entendí por qué él había dejado de obedecerme por primera vez
Cuando se arrodilló junto a la cama, tuve que sentarme.
El problema ya no estaba solamente en el sillón.
Me preguntó cuándo había notado las primeras marcas, cuándo había llegado el mueble y si había observado algo más.
Señalé a Bruno, que nos miraba desde el patio.
—Él llevaba días rascando la tela.
El hombre levantó la vista.
—Pues algo le llamó la atención.
Yo había querido escuchar una explicación completa, una frase que demostrara que Bruno había entendido el peligro y preparado un plan para protegerme.
No la hubo.
No podíamos saber exactamente qué percibía ni por qué insistía tanto. Lo que sí estaba claro era que yo había ignorado un cambio que no era normal en él.
Y que, al romper la tela, había dejado el problema a la vista.