Le grité a mi perro por destrozar el sillón que heredé de mi papá. Cuando levanté la tela rota, descubrí lo que llevaba semanas escondido junto a mí y entendí por qué él había dejado de obedecerme por primera vez

Miró mi mano y después la puerta de la sala.

Durante años había respondido a mi voz con una confianza inmediata. Yo había conseguido que aquella noche dudara.

Lucía llegó poco después.

No hizo comentarios sobre el desorden. Dejó su bolsa junto a la entrada, miró las fotografías y me ayudó a contactar a una empresa de control de plagas.

Yo hablaba rápido, tratando de explicar que limpiaba, que el sillón había sido de mi papá, que aquello no tenía sentido.

Mi hermana me tomó del brazo.

—Andrés, nadie te está interrogando.

Me quedé callado.

Hasta entonces no había notado cuánto necesitaba defenderme.

El especialista llegó a la mañana siguiente.

Revisó el sillón con una linterna y confirmó que eran chinches de cama. Después inspeccionó otros lugares de la casa.

Lo acompañé por el pasillo con el estómago apretado.

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