Cuando
salimos, una mujer apareció corriendo desde aquel edificio.
No llevaba paraguas.
Cruzó casi sin mirar los autos y cayó de rodillas frente a Renata.
Primero le tocó las manos.
Después la frente.
Luego revisó sus tenis mojados.
Ni siquiera me miró.
–¿Te duelen los dedos?
–Sí.
–Bien. Si te duelen, todavía los sientes.
Solo entonces levantó la cabeza.
–¿Quién es usted?
–Arturo Salcedo. Su hija encontró mi cartera.
La mujer se puso de pie.
–Marisol Duarte.
Le expliqué todo.
Esperaba que me agradeciera.
En cambio, apretó los labios al saber
cuánto tiempo había estado Renata afuera.
–Le dije que esperara dentro.
–Yo insistí en llevarla a tomar algo caliente.
Marisol asintió.
–Gracias.
Fue un agradecimiento correcto, pero distante.
La lluvia empeoró.
Les ofrecí llevarlas.
Marisol estuvo a punto de negarse hasta que vio los tenis de su hija.
Vivían en un departamento pequeño en Iztapalapa.