Tenía los dedos rojos por el frío.
–¿Cuánto llevas esperándome?
Bajó la mirada.
–No sé.
El guardia respondió por ella.
–1 hora y 52 minutos.
Me quedé inmóvil.
Hice que entrara conmigo a la cafetería del edificio.
Pidió chocolate caliente, pero esperó hasta que conté el dinero delante de ella.
–No falta nada.
Solo entonces bebió.