El empresario se marchó enfadado, pero no se rindió.
Durante los días siguientes, algunos habitantes del pueblo comenzaron a presionar a Manuel para que aceptara la oferta, porque veían en aquel dinero una oportunidad para mejorar sus vidas.
Pero él siempre respondía:
—No todo lo que tiene un precio merece ser vendido.
Entonces llegó un día que Manuel jamás habría imaginado.
Una mañana de primavera recibió una carta de su hijo Javier.
La abrió con las manos temblorosas y comenzó a leer:
«Querido padre, sé que he estado lejos de ti durante demasiado tiempo. He conseguido un buen trabajo, pero he comprendido que he pasado años buscando una vida mejor y he olvidado el lugar donde comenzó mi historia. Pronto regresaré para verte».
Manuel se sentó junto a la ventana y leyó la carta una segunda y una tercera vez.
Aquella noche sacó una antigua fotografía de su esposa y la colocó junto a la lámpara.