—Yo pensaba que era una vecina —dijo—. Nunca imaginé que fuera usted.
Se acercó al estrado sin esperar permiso, dejó al niño con Margarita y abrazó a Anselmo mientras él, por primera vez en toda la mañana, se rompía en lágrimas.
—Usted no me debía nada —le dijo ella—. Yo solo hice lo que cualquiera debería hacer.
El gerente de la tienda se levantó y retiró la denuncia. Varios empleados, que durante meses habían fingido no ver los pequeños hurtos, asintieron desde sus asientos. El juez guardó silencio unos segundos y luego dictó su decisión: sobreseyó el caso y ordenó que la tienda y una asociación de vecinos se encargaran de que ningún adulto mayor del barrio volviera a pasar necesidad sin ayuda. Antes de cerrar la audiencia dijo, con la voz algo quebrada:
—Señor Cortés, ha cometido un error. Pero hoy le han recordado a este tribunal por qué existe la compasión.