Había cuatro páginas manuscritas, todas con la letra cuidada de Rosie. Sus letras eran redondeadas y precisas, con las palabras espaciadas uniformemente. De niña, apretaba tanto con el lápiz que rompía los cuadernos. Incluso ahora, escribía como si cada frase mereciera ser grabada en piedra.
Nos quedamos fríos viendo la pinche llavecita de latón. Si
no era de la casa de Claire ni del departamento de Ben, solo había un lugar posible: el antiguo casillero de trabajo que Evelyn Hale conservaba en los laboratorios abandonados de Hale Medical.
Sin pensarlo dos veces y dejando a Rosie al cuidado de los doctores, Ben y yo nos arrancamos en la camioneta bajo un aguacero perro que no dejaba ver ni tres metros adelante.
Al llegar a las instalaciones abandonadas de la fábrica, el lugar daba un miedo tremendo. Las paredes repletas de grafiti, el olor a humedad