Me senté a su lado.
—No sé qué pasará con nuestro matrimonio, mi amor. Eso tendremos que resolverlo los adultos. Pero sí sé algo: tú no eres responsable de lo que ha ocurrido.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿De verdad no estás enfadado conmigo?
La abracé con fuerza.
—Estoy enfadado conmigo mismo por no haberme dado cuenta antes. Pero contigo, nunca.
Aquella noche dormimos poco.
Hablamos de Mariana, de la escuela, de las cosas que Valeria había dejado de hacer y de todo lo que quería recuperar.
También le prometí que buscaríamos ayuda profesional para que pudiera hablar de lo que había
vivido sin miedo.
No quería que aprendiera a esconder el dolor, como yo había hecho durante tantos años.
A la mañana siguiente llamé a la escuela y pedí una reunión con la orientadora. Después contacté con un abogado para informarme sobre las consecuencias económicas y legales de lo ocurrido.