Ella miró hacia la puerta del patio.
Después susurró:
—Dice que soy
una carga. Que, si mi mamá siguiera viva, tú no tendrías que haberte casado con ella para criarme.
Sentí que el mundo se detenía.
Mariana llevaba cinco años muerta cuando conocí a Verónica. Nunca había dejado de extrañar a mi primera esposa, pero había hecho todo lo posible para que Valeria creciera rodeada de amor.
O eso había creído.
—¿Te ha dicho eso muchas veces?
Valeria comenzó a llorar.
—No quiero que te pelees con ella, papá. Siempre dice que, si te cuento las cosas, tú vas a pensar que soy una niña problemática.
La abracé.
Mi hija se aferró a mí como cuando era pequeña y tenía pesadillas.
—Escúchame bien —le dije—. No eres una carga. Nunca lo has sido. Y nadie tiene derecho a hacerte sentir así.