—Quiero que escuches algo.
Pulsé el audio.
Su propia voz llenó la sala.
«Tu hija no merece sentarse a esta mesa. Que coma de pie. Debería agradecer que todavía le permitimos vivir bajo este techo».
Verónica perdió el color del rostro.
Durante unos segundos, no dijo nada.
Después intentó sonreír.
—Rafael, eso está fuera de contexto.
No respondí.
—Estábamos bromeando. Mi hermana y yo siempre hablamos así. Ya sabes cómo somos.
Volví a reproducir la parte