Fue entoncescuando comprendí algo importante: mi enfado no podía dirigir lo que sucediera a continuación.
Tenía que escuchar. No repetir preguntas. No convertir a mi hija en mensajera entre sus padres.
A la mañana siguiente, Lucía me hizo una pregunta:
—Si mamá dice que fue un accidente, ¿tú me crees?
—Yo te escucho —respondí—. Y dejaremos que los profesionales aclaren lo ocurrido.