sus propias palabras.
Una profesional habló conmigo aparte. Me explicó que, cuando un menor cuenta algo que puede afectar a su seguridad, la prioridad es protegerlo y permitir que las
personas capacitadas realicen las entrevistas necesarias.
No llamé a Elena, su madre, para enfrentarme a ella. Tampoco intenté sacar conclusiones por mi cuenta. Quería atención médica, hechos bien documentados y un entorno seguro para Lucía.
Mi teléfono empezó a vibrar.
Elena.
Una llamada. Después otra.
Finalmente apareció un mensaje: «¿Dónde has llevado a Lucía?»
No respondí de inmediato.
Cuando volví junto a mi hija, me preguntó:
—Papá, ¿mamá sabe que te lo he contado?
Me senté a su lado.
—Eso no tienes que resolverlo tú.
La médica me dio instrucciones
sobre el seguimiento del dolor y sobre cuándo debíamos volver de inmediato. Después, otra profesional explicó los pasos que podían tomarse para que Lucía estuviera segura aquella noche.