Guardé el audio y llamé a Paula Ledesma, la abogada que había redactado la escritura. Confirmó que mi aporte estaba registrado y obtuvo una copia del borrador de la cesión. También envió una carta formal a mis padres. Yo decidí ir a la cena de todos modos: con mi carpeta azul, los auriculares antirruido de Alma y una bandeja de galletas con forma de escarabajo que ella misma decoró.
La cena
En el comedor había seis sillas con seis tarjetas de nombre. Ninguna era para nosotros. En el rincón del desayuno nos esperaban dos platos de cartón y dos vasos de plástico. Irene me susurró: «No nos hagas pasar vergüenza hoy».
Pero Alma se fijó en el broche de la madre de Bruno, Carmen Salvatierra: un escarabajo dorado con piedras verdes. «Eso es un escarabajo rinoceronte, o está inspirado en uno», dijo. «Los de verdad tienen el cuerno más curvo». Carmen no se ofendió; se agachó a su lado. Ese broche lo había hecho su hermano Tito, joyero, y a ella le encantó que alguien supiera de insectos. En minutos, mi hija y ella conversaban como viejas amigas. Cuando mamá nos mandó a buscar los platos al rincón, Carmen pidió que Alma se sentara a su lado, y su marido Ricardo trajo dos sillas plegables del garaje.