Me llamaron tonta por regalar el abrigo de mi esposo a un muchacho que encontré temblando junto a la basura; treinta años después, cuando llegaron las máquinas para derribar mi casa, cien motociclistas aparecieron con algo que creía perdido para siempre.

Una parte del presupuesto se reservaría para dar comida a viajeros que no pudieran pagar.

Me mostraron números.

Horarios.

Un plan que no dependía únicamente de las ganas del primer día.

Pasé los dedos por la pintura descascarada del nombre de Julián.

—Quiero que siga llamándose igual.

Alma sonrió.

—Entonces ya tenemos lo más importante.

La situación de mi propiedad terminó por aclararse a mi favor. Las irregularidades siguieron su camino en una investigación, y Ramiro tuvo que buscar otro lugar para su proyecto.

Yo conservé el terreno.

También conservé el derecho a decidir sobre él.

Cuando reabrió la fonda, Nicolás insistió en que cortara un listón.

Le dije que prefería poner el primer café.

Entré detrás del mostrador.

La plancha había sido revisada y restaurada. El letrero estaba otra vez sobre la puerta. Por un instante esperé escuchar a Julián cantando en la cocina.

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