Le grité a mi perro por destrozar el sillón que heredé de mi papá. Cuando levanté la tela rota, descubrí lo que llevaba semanas escondido junto a mí y entendí por qué él había dejado de obedecerme por primera vez

—Mamá quería comprar otro —dije.

—Y él dijo que, mientras se pudiera reparar, no tenía caso.

Sonreí apenas.

Lucía me miró.

—Ya no se puede, Andrés.

Bajé la cabeza.

Ella no intentó quitarle importancia. Se quedó conmigo mientras lloraba por un mueble, por mi papá y por todas las noches que había pasado sentado allí intentando no pensar en ninguna de las dos cosas.

Antes de que retiraran el sillón, tomé una fotografía desde la puerta.

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