No los reportes.
No las quejas.
Había firmado.
Al día siguiente llamé a Marisol.
–Quiero ofrecerle trabajo.
–Entonces la respuesta es no.
No preguntó sueldo.
No preguntó puesto.
Simplemente no.
–Escúcheme primero.
–Mi hija le devolvió una cartera. Eso no significa que ahora usted pueda comprar nuestra gratitud.
Aquello dolió porque era exactamente lo que yo estaba intentando hacer.
Así que cambié de estrategia.
Nos vimos en una biblioteca pública.
Renata hacía tarea a pocos metros.
Puse una hoja sobre la mesa.
–Es mi recusación formal.
Marisol la leyó.
Yo quedaba excluido de cualquier decisión relacionada con su contratación.
No podía entrevistarla.
No podía recomendarla.
No podía
intervenir.
Había una vacante real en control de proveedores.
–Puede perder la entrevista –le dije–. Y si la pierde, yo no puedo hacer nada.
Marisol levantó la mirada.
–Entonces sí me interesa.