La niña de 8 años esperó casi 2 horas bajo la lluvia para devolverle la cartera a un millonario. Cuando él quiso recompensarla, ella dijo algo que lo dejó sin palabras.

–Llegaste temprano.

–Sí.

Señaló unas mesas plegables.

–Esas van debajo del marcador.

–Está bien.

Eso fue todo.

No abrazo.

No lágrimas.

No discurso.

Cargué mesas.

Después cajas.

Después sillas.

Un adolescente me dijo

que las estaba acomodando mal.

Las cambié.

A media mañana vi entrar a Marisol y Renata.

Julia conocía a Marisol porque la empresa había colaborado con la colecta, aunque yo había pedido mantenerme al margen.

Renata se encargaba del guardarropa.

Tomaba su trabajo con una seriedad absurda.

Horas después, encontró un monedero debajo de unas gradas.

Lo llevó a objetos perdidos.

Tardó menos de 1 minuto.

La observé regresar corriendo.

Pensé en aquella primera tarde.

Hacer lo correcto le había costado casi 2 horas bajo la lluvia.

Ahora podía hacerlo

dentro de un lugar seguro.

Cuando terminó la jornada, busqué mi saco.

Renata apareció frente a mí.

Traía algo en las manos.

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