Ante ellos, sobre una mesa larga, se amontonaban pilas de
expedientes, carpetas de cartón con sellos oficiales, viejas cartas amarillentas y fotografías.
Cuando la puerta se cerró a mis espaldas, dieron un respingo, como si hubiera caído un rayo. Ninguno se atrevió a dar un paso al frente. Me miraban con unos ojos llenos de un arrepentimiento tan abrumador y profundo que me dejó sin aliento.
—Mamá… —susurró Sara, y el murmullo resonó bajo las altas bóvedas de la estancia.
Se desplomó de rodillas sobre el suelo frío, ocultando el rostro entre las manos. Sus hombros se sacudían por un llanto silencioso.
David se acercó a la mesa, tomó una carpeta voluminosa y caminó lentamente hacia mí. Le temblaban las manos y su rostro tenía un tono ceniciento.
—No merecemos estar cerca de ti, mamá —dijo, con la voz quebrada, como la de un adolescente—. Nos hemos enterado de todo esta mañana. Papá dejó un diario detallado, además de instrucciones para sus abogados. Se jactaba ante sus asesores legales de cómo se había vengado de ti porque te negaste a vender la casa de tus padres para saldar sus deudas de juego. Escribió… escribió que su venganza más dulce consistía en robarte nuestro amor. Nos escribía falsos…