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Al día siguiente, tomé una decisión. Fui temprano a hablar con el gerente de la fábrica para pedir horas extras y acepté un turno adicional los fines de semana. Con ese dinero extra, lo primero que hicimos Verónica, Santiago y yo fue ir a una tienda deportiva. Aunque al principio mi hijo se negaba diciendo que era demasiado caro, logré convencerlo de comprarle unos nuevos tacos de fútbol, mejores que los que había tenido que vender.
También nos sentamos los tres a cenar juntos por primera vez en años, sin reproches ni tensiones del pasado. Comprendimos que, a pesar de habernos separado, seguíamos siendo un equipo por el bien de nuestro hijo.
Un mes después, en el partido local de la secundaria, Santiago anotó dos goles. Desde la tribuna, su mamá y yo aplaudimos con el alma, gritando su nombre con orgullo. Cuando terminó el encuentro, corrió hacia nosotros con la misma sonrisa de antes, esa que la pobreza y las dificultades intentaron apagar, pero que el amor de familia logró rescatar para siempre. Aprendí que los hijos no solo aprenden de los padres; a veces, son ellos quienes nos dan las lecciones más grandes de nobleza y humanidad.