No lo dejé terminar. Lo tomé de los hombros y lo atraje hacia mi pecho, abrazándolo con todas mis fuerzas. —No estoy enojado, mi amor. Estoy con el corazón destrozado, pero sobre todo, estoy increíblemente orgulloso de ti.
Santiago se quedó quieto un segundo, sorprendido por mis palabras, antes de romper a llorar en mi hombro, soltando toda la tensión que había guardado durante dos largos meses.
—Perdón, papá… es que la vi llorar y no supe qué hacer —confesó entre sollozos—. Sentí que si yo ya no jugaba fútbol o no tenía videojuegos, no importaba, con tal de que hubiera comida en el refrigerador.
—Jamás vuelvas a cargar con un problema de adultos tú solo —le besé la frente con ternura—. Tu trabajo a los quince años es estudiar, jugar y ser feliz. El bienestar de esta familia es responsabilidad mía y de tu madre. Pero gracias por enseñarme lo que significa tener un corazón gigante.