Cada mañana se despertaba antes del amanecer, se ponía su viejo abrigo marrón, tomaba su bastón de madera y una pequeña cesta, y se dirigía hacia su finca.
Los habitantes del pueblo solían decir:
«Manuel no cultiva olivos simplemente, los trata como si fueran sus propios hijos».
Lo más curioso era que hablaba con los árboles todas las mañanas.
Se acercaba a un olivo antiguo, apoyaba la mano sobre su tronco y decía:
—Buenos días, vieja amiga. ¿Has pasado una noche tranquila?
Después sonreía y continuaba su camino.
Algunos niños se reían al verlo hacer aquello, pero a Manuel no le importaban sus burlas.
Pasaron los años. Su esposa Isabel falleció y, más tarde, su único hijo se marchó a una ciudad lejana en busca de trabajo. Solo regresaba de vez en cuando.