El teniente coronel ordenó a Molina presentarse en su oficina a la una y media. El joven bajó la cabeza: “Señora, lo lamento mucho…”. “Después, hijo”, le dije. “Hablaremos después.”
Por qué llevaba ese alfiler
Mientras lo veía irse, recordé a mi hermano Danny, de diecinueve años, que me escribía cartas alegres desde el frente. Al pie de la última puso: “No te preocupes, Alma, voy con cuidado.” Tres semanas después, unos oficiales llegaron a la granja de nuestros padres. Lo habían herido en una patrulla y murió durante la evacuación, a solo veinte minutos del hospital. No podía dejar de pensar en esos veinte minutos. Pocas semanas después de su funeral, me alisté en el Cuerpo de Enfermeras del Ejército.
En enero de 1969 llegué a un hospital de evacuación. Muchos de los heridos pertenecían al antiguo batallón de Danny: los Halcones. Cada vez que veía su insignia pensaba en él, y quería darle a cada herido la oportunidad que mi hermano no tuvo. En mayo, los combates se intensificaron y los heridos llegaron en cantidades abrumadoras. El 18 de mayo, cuarenta y un hombres de los Halcones pasaron por nuestra sala. Durante un ataque cerca del aeródromo, un helicóptero con ocho heridos quedó en la plataforma; salí corriendo con dos sanitarios para ponerlos a salvo. Me lastimé el hombro, pero me vendaron y volví al trabajo. Seguimos operando toda la noche. Los cuarenta y un soldados sobrevivieron.