—¿Por qué?
—Porque no sabemos en quién se puede confiar con información que podría afectar a otras personas.
Me acordé de mi antiguo jefe.
—¿Eso lo incluye a él?
—Incluye a todos hasta que entendamos los hechos.
Ese día la escuela pareció interminable.
No podía concentrarme en la lectura de mi maestra ni en el cuaderno de ejercicios frente a
mí.
En cambio, me imaginaba un compartimento cerrado bajo la estación de tren, quizá con documentos escritos por papá.
A la hora del almuerzo, mi amigo Marcus se sentó frente a mí.
—Parece que no dormiste.
—No dormí.
—¿Pasó algo?
Casi se lo expliqué todo, pero recordé la advertencia de Eleanor.
—Mi mamá tuvo una mala noche.
—¿Está bien?
—Sí.
Marcus empujó medio sándwich hacia mí.
—Puedes quedarte con esto.
—No tengo hambre.
—Eso es lo que dice la gente cuando tiene hambre.