Y en 1995, María se convirtió en la joven rescatadora que se arrodilló junto a él.
El abrazo no borró lo que le había sucedido.
Pero eso conectaba el comienzo de su segunda oportunidad con la vida que había construido después.
No estaba saludando a un desconocido.
Quizás nadie pueda decir con exactitud qué recordaba el gorila.
La ciencia exige precaución.
Pero María sabía lo que ese momento significaba para ella.
Veintiocho años antes, un bebé que lo había perdido todo buscó consuelo en ella porque necesitaba a alguien que le diera seguridad.
Ella lo abrazó.
Le di de comer.
Lo consoló.
Finalmente, tuvo que dejarlo ir.
Casi tres décadas después, María regresó esperando ser olvidada.
En cambio, el gorila la vio.
Corrió hacia ella.
Y la rodeó con sus brazos de nuevo.
Para María, eso fue suficiente.