Sofía miró la libreta. Vio los registros de cada peso ahorrado, cada sacrificio nocturno de un hombre al que ella había llamado “criminal”, al que había negado la entrada a la sala, al que había mirado con asco.
En ese mismo instante, Sofía sintió una profunda vergüenza de su propia conciencia. Se llevó las manos a la boca, se inclinó hacia el asiento trasero, abrazó a Esteban por el cuello y se rompió en un llanto desgarrador. —Perdóname… perdóname, Esteban. Te juzgué por tu pasado, pero tú eresel único que nos ha salvado el futuro. Eres un santo… eres mi hermano.
Esteban, con los ojos llenos de lágrimas, le acarició el cabello y
le dijo: —No llores, cuñada. Los Ramírez somos duros, pero también sabemos perdonar.
Ese día entendí que la verdadera riqueza no está en las cuentas bancarias, sino en la lealtad.