Cuando ella tuvo dificultades para levantar su vaso, Robert extendió la mano discretamente para ayudarla.
Mi madre lo miró y sonrió.
“Gracias, hijo.”
Y él respondió:
“No tienes que darme las gracias, mamá. Para eso está la familia.”
Ese día, estuvimos a punto de perder a mi madre, no
porque no la quisiéramos, sino porque no le habíamos dicho lo mucho que la queríamos. 

¿Qué opinas? ¿Pueden los padres ancianos convertirse en una carga para sus hijos, o deberían las familias permanecer unidas incluso en los momentos más difíciles? Comparte tu opinión en los comentarios. 