—Estaba en un sobre con mi nombre en el asiento 18A.
La expresión de Alejandro cambió.
Miró inmediatamente hacia el fondo del avión.
—¿Quién te lo dio?
—No lo sé.
—¿Había algo más?
—Fotografías tuyas entrando a un hotel con ella.
Alejandro cerró los ojos.
—Maldición.
Eso fue suficiente para mí.
—Entonces sí estuviste con ella.
—Sí.
Sentí que el corazón se me partía.
Mateo comenzó a llorar.
Alejandro dio un paso hacia nosotros.
—Pero no por lo que estás pensando.
—Todos dicen eso.
—Lucía, ese hotel tiene salas privadas de reuniones.
—¿Y por qué mentiste diciendo que estabas en Cancún?
Alejandro guardó silencio.
Ese silencio dolió más que cualquier explicación.
La sobrecargo insistió en que debíamos sentarnos.
El avión no podía permanecer detenido indefinidamente.