Y repetía algo que había tardado setenta y tres años en comprender:
Ser madre no significa renunciar a tu dignidad.
Un domingo por la tarde, me senté en el porche con una taza de té.
El aire era fresco.
Las flores del jardín comenzaban a abrirse.
Sobre una pequeña mesa estaba la fotografía de la graduación de Marcus.
No la había tirado.
Formaba parte de mi historia.
Pero ahora había otra fotografía junto a ella.
En esa imagen aparecíamos Adrián, Camila, Samuel y yo durante una comida.
Todos sonreíamos.
Y al mirar ambas fotografías comprendí algo.
La familia puede ser la que te vio nacer.
Pero también puede ser la que recuerda tu bondad cuando tú misma has olvidado cuánto vales.
Aquel día, cuando Marcus me golpeó, pensé que había perdido todo.
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