Mi abuelo me agradeció por quinientos pesos con lágrimas en los ojos, mientras mis padres sonreían como santos frente a la mesa del restaurante. Yo había enviado diez mil para sus medicinas. Mi hermana estrenaba bolsa cara, mi madre hablaba de sacrificios y mi padre evitaba mirarme. Entonces el viejo levantó la voz… y todos descubrieron quiénes le habían robado.