En una de las alacenas encontré una taza de porcelana con una pequeña grieta cerca del asa.
Era la que ella utilizaba los viernes.
La sostuve entre mis manos durante mucho tiempo.
Alfreda se acercó.
—¿Quieres llevártela, mamá?
Negué con la cabeza.
—Creo que debe quedarse aquí.
La coloqué de nuevo en la alacena.
No quería convertir cada objeto en un recuerdo doloroso.
Quería que aquella casa pudiera volver a llenarse de vida.
Antes de salir, pasé por el salón y miré las ventanas que daban al jardín.
Durante veintiséis años había limpiado aquellos cristales para que otras personas pudieran disfrutar de la luz.
Ahora comprendía que también yo tenía derecho a sentarme junto a una ventana y contemplar el mundo sin sentir que debía estar haciendo algo útil.
Regresé a mi pequeña casa blanca.
Preparé café.