patrimonio tan grande resultaba cada vez más difícil para ella.
Al principio, Eleanor confió en él.
Era su único hijo. Lo había criado sola después de que su padre muriera cuando Richard apenas tenía diecisiete años.
Pero todo cambió cuando encontró una carpeta escondida entre unos documentos antiguos en el despacho de su difunto marido.
Dentro había extractos bancarios, escrituras de propiedades y varios contratos que llevaban su firma.
El problema era que ella nunca había firmado ninguno de aquellos documentos.
Alguien estaba transfiriendo sus propiedades a empresas de las que jamás había oído hablar. Millones de dólares habían desaparecido de cuentas que ella creía intocables.
Cuando se enfrentó a Richard, él sonrió y le dijo que estaba confundida.
A la mañana siguiente, le llevó una taza de té.
—Mamá, últimamente has estado sometida a muchísimo estrés —le dijo—. El médico te ha recetado algo para que puedas dormir mejor.