Permanecí sentada en el lugar de honor, observando a mis seis hijos. Mi sexagésimo cumpleaños llegaba a su fin. Las arrugas de mi rostro no habían desaparecido, y mi espalda seguía doliéndome, cargada con esa misma fatiga acumulada. Pero el vacío en mi pecho, por fin, se había esfumado.
La mesa no volvería a estar desierta nunca más. La casa había recuperado su voz. Y, a través de la ventana, un nuevo amanecer asomaba lentamente, borrando los rastros de la larga y fría noche.