DE NIÑA ESTABA CONVENCIDA DE QUE EN CASA DE MI ABUELA HABÍA UNA MAGIA ESPECIAL…

«Sí, abuela, volveremos».

Y lo decíamos convencidos. Porque de niños creemos que ciertas cosas no pueden terminar. Que la casa de los abuelos siempre estará allí, que el abuelo seguirá sentado en su sitio, que la abuela volverá a abrirnos la puerta y que siempre habrá otro domingo.

Pero pasan los años. Llegan el trabajo, los hijos, las obligaciones. La familia se reparte por distintas ciudades y aquellas visitas que antes sucedían espontáneamente ahora necesitan agendas y semanas de organización.

A veces la casa incluso sigue en el mismo lugar. Pero dentro ya hay otros muebles, otras voces, otras vidas.

Y entonces entiendes que nunca echaste de menos las paredes.

Echas de menos aquella época en la que alguien se alegraba de verdad con solo escuchar que se abría la puerta. Cuando siempre aparecía una silla más alrededor de la mesa. Cuando podías llegar sin avisar y jamás sentías que molestabas.

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